lunes, 24 de marzo de 2008

16 Km.

El miércoles pasado fue festivo en Galicia así que me fui para León a comenzar la Semana Santa en casa de mis padres. En uno de esos ataques en los que se mezcla mi extraña forma de amor a la naturaleza con el aburrimiento, me dio por ejecutar una pequeña hazaña atlética. Me puse mis “celebérrimas mallas de bufón medieval” (ya conocidas por algunos de mis lectores) y mis zapatillas deportivas; me subí a mi coche y me desplacé unos 20 kilómetros hasta llegar a orillas del embalse de Villameca. Es un lugar peculiar no excesivamente bello pero tampoco feo. El suelo es de pizarra y hay pinos aleatoriamente plantados en masas irregulares en torno a la superficie del agua. Es una zona que conozco bien ya que, a parte de estar muy cerca del lugar en el que viven mis progenitores, he llegado hasta allí infinidad de veces en bicicleta en aquellos tiempos en los que tenía la buena costumbre de devorar kilómetros sobre tal infernal instrumento.

Aparqué mi coche y tracé en mi mente una ruta que fuera a la vez difícil pero realizable (todo reto debe de tener esos dos ingredientes). Inserté los auriculares de mi ipod en las orejas y comencé a correr. Como toda carrera de fondo uno comienza a buen ritmo, descansado y piensa por un instante que de aquella forma será capaz de mantener la marcha por tiempo indefinido. No obstante, llega un momento en que el metabolismo anaerobio da paso al aerobio, se te “obnubila el sensorio” y llegan los instantes de angustia y las ganas de arrojar la toalla. A mi eso me ocurre en torno a los 25 minutos de carrera. Sin embargo, hay que saber que eso pasa y que siendo mentalmente fuerte uno puede superarlo y continuar por mucho más tiempo a ese mismo ritmo que entonces parece imposible de mantener. Después comienzan los achaques osteomusculares, las rodillas se resienten y aunque la respiración es regular y rítmica hay algo que comienza a fallar dentro de ti. Empiezas a pensar en los cartílagos articulares siendo machacados sistemáticamente por los kilos de tu cuerpo, en la planta de los pies soportando la presión y en los hombros que se sobrecargan poco a poco con el peso de los brazos gravitando a ambos lados de tu eje longitudinal. La laringe se irrita por la entrada del viento helado y percibes la sequedad en la boca. Entreabres los ojos para reducir el gasto de energía. Fijas la mirada en el suelo con la esperanza de que la próxima vez que levantes la vista, el final la recta o el alto del repecho estén muchísimo más próximos, pero esto nunca ocurre. La realidad es más terca que la imaginación. Sabes que tienes que resistir y lo haces. En los últimos dos kilómetros, todo cambia. La proximidad de la meta infunde ánimos y ya no tienes miedo a gastar tus últimas reservas porque el fin está a la vista. Aceleras tu ritmo. Quieres acabar con aquello de una vez por todas. De nuevo, esa adictiva sensación del deber cumplido…

Tras una hora y quince minutos volví al punto inicial destrozado y aterido por el viento helado de la última hora de la tarde después de recorrer algo más de 16 kilómetros. El termómetro de mi coche sólo marcaba 3 grados y comenzaba a anochecer.

Os preguntaréis por qué os cuento esta estupidez. Pues porque creo que de este modo se valorará un poco más lo que tengo quiero contaros a continuación…(y juro que este post “sólo” tiene dos partes…(y que además son reales)).

Nota: Entre mañana y pasado mañana pondré algunas fotos de este recorrido.

6 comentarios:

gaby dijo...

Como ferviente creyente del sedentarismo, no puedo más que admirarme por tu fuerza de voluntad y capacidad para correr tanto.
Me gustó lo que dijiste sobre los retos: dificiles pero realizables. Cuanta verdad encierra esto.
Esperare la segunda parte. :)

Kathy* Cruz... La famosa Golpeadora de Hombres dijo...

Este es el tercer
post que leo en el cual
cuentan sus experiencias
deportivas y me da
envidia jeje, también
haré ejercicio ya!!
Por cierto, ¿cómo
es que aguantas hacer
ejercicio con 3 grados?
Me muero, el frío es
mi peor enemigo /:
Bueno, espero la segunda
parte!!

Nils dijo...

Una pena que no te dé por el sillónball jejeje las metas son mucho más fáciles de conseguir ; )

gorrión dijo...

...impresionante gesta mi querido muy querido amigo !!!, aunque veo que quizás , con las mallas deberías haberte llevado tu "chaquetina por si refrescaba"....y vaya si debió ponerse frio.Me parece admirable cómo expresas las sensaciones que llegan cuando uno pone al límite de la resistencia el cuerpo con el ejercicio físico , donde llega un momento que la mente parece pesar más que las piernas para obligarnos a parar. Como te dije ayer , tienes una manera de escribir que a mí me hace trasladarme totalmente a tu lado....así que ahora mismo estoy cansado y con ganas de darme una ducha de agua caliente, jajajaja.
Gracias por todo...por lo que compartes...y por tus palabras llenas de energía y luz.
Abrazosabrazosabrazos...desde el bosque del árbol que habla!

Cobre dijo...

Joder, muchacho, y yo pensaba q me machacaba en el gimnasio!!!... Mañana cuando esté dándome caña y pensando q no puedo más, recordaré esos 16 pedaaazo de kilómetros q te hiciste y me diré a mi misma q no hay dolor.
O no!
Me duelen las piernas solo de pensarlo!.

Loris Mallone dijo...

Yo suelo hacer algo parecido pero en la playa, hundiendo tobillos en la arena, un ejercicio que a mi me parece endurecedor de toda la musculatura transversal de las piernas... y lo que no son las piernas. Naturalmente, sólo puedo practicar este pequeño vicio en verano y cuando el tiempo es propicio. Entretanto, tengo mucho trabajo entre trabajo y cursillos, lo que creo que me ayuda a quemar suficiente fósforo, aunque ahora no sé si hay relación entre el fósforo y las grasas residuales.

Lo estudiaré. Me ha gustado lo que escribes. Ciao,