viernes, 12 de febrero de 2010

Colores

El color favorito de Dominguín era el verde moco. Siempre exhibía dos velas perpetuas colgando como las cataratas del Niágara de sus fosas nasales. De vez en cuando pasaba su lengua por el labio superior y libaba con placer el néctar de su resfriado.
- Señorita! Dominguín se está comiendo los mocos! – repetíamos a gritos cada vez que aquel bizarro evento gastronómico se producía.
El color favorito de la señorita, sin embargo, era el blanco. El mismo blanco que el del pañuelo con el que acudía a cosechar de las narices de Dominguín el viscoso y salado elixir del acatarrado. También era blanco (casi siempre) el color del sostén que al agacharse a realizar la labor humanitaria con nuestro compañerito vislumbrábamos bajo su bata azul de maestra de preescolar.
El azul es mi color. Si, azul… pero no el azul pálido de la ropa de los bebés, ni azul plomizo del Cantábrico enfadado. Es más bien ese azul brillante, azul profundo como el cielo de las tardes de primavera en las que volvía a casa impaciente para merendar pan con nata y azúcar. Al entrar escuchaba el traqueteo de la máquina de coser en la que mi madre se pasaba interminables horas reparando desaguisados en nuestras ropas. El mueble en el que la máquina de coser se anclaba y guardaba era marrón oscuro como los huevos de gusano de seda que criábamos en cajas de zapatos. De repente, un día, de aquellos huevos que tapizaban los papeles con los que recubríamos las cajas, salían larvas negras de cabeza grande y apetito voraz. Entonces teníamos que salir a recoger hojas de morera para alimentarlos. Los gusanos comían las hojas por los extremos hasta dejar solamente sus nervios y casi podías verlos crecer; ir observando cómo se hinchaban sus cuerpos segmentados; como se volvían blancos y suaves hasta alcanzar un turgente y merengado esplendor hasta que un día acababan por atrincherarse en una esquina y comenzaban a tejer en torno a si mismos su sedoso ataúd de paredes amarillas. Siempre pensé que si la gente creía que la seda era suave seguramente fuera porque nunca habían acariciado a uno de esos gusanos.
Días después, grandes mariposas blancas salían de los capullos. Mariposas que volvían a tapizar los papeles con los que cubríamos las cajas con huevos y el ciclo volvía a comenzar. En los rincones quedaba la seda amarilla desaprovechada para la industria. El amarillo se volvía cada vez más ocre y seco como la piel de las patas de los pollos de corral.
Ese amarillo ocre, el color a nuez moscada, seguramente fuera el color favorito de Marín, nuestro profesor de anatomía patológica que destrozaba cadáveres animales todos los días a la hora de la comida en la sala de necropsias. El hígado de algunos animales se pone de ese color debido a determinados procesos patológicos. Uno de los recuerdos que tengo de Marín es verlo con un trozo de hígado en una de sus manos y un cuchillo ensangrentado en la otra, girar en torno al animal muerto de turno como un torero brindando su faena al respetable y explicar el caso del día ante la impresionada audiencia. Marín siempre vestía un jersey de lana roja, impropio de su posición social. Rojo como las branquias de las bogas que solían agruparse en el lecho del río Órbigo en época reproductiva, como las crestas de las gallinas en el gallinero de mi abuela. Cuando una gallina dejaba de poner huevos se decía que estaba “guarona” y se la encerraba en una cesta de mimbre sin comer varios días en el corral para provocarle el reinicio del ciclo reproductivo. El hambre y la oscuridad provocan esas cosas pero en aquella época yo no lo sabía.
Saltando de color en color podemos ir recorriendo etapas de nuestras vidas. Evocar lugares y personas que formaron o forman parte de ellas. ¿Algo que recordar?

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Que Bonito. Me Suena Haberlo Escuchado Ya. . .un Chico Alto Y Fuerte Me Lo Conto...

Luis dijo...

Y guapo..se te olvida lo de guapo...jajaja...besos..(solo faltan 173 días...)

FRAYJODAS dijo...

gran ejercicio este el recordar con ternuda enternecedora.

auque el color blanco es simbolo de pureza, tambien el blanco en exeso puede significar o personificar el mal encarnado, nada mas fijate en la gran ballena blanca movi dick y en el papa...

saludos

Alfonso dijo...

A mi me gustaba acariciar los gusanos de seda que siempre estaban fríos aún en las tardes calurosas de los mayos de antes, cuando las estaciones se diferenciaban por el frío y el calor y no por las lluvias como ahora.

Luis dijo...

Si, Alfonso, si...pero las caricias con fines sexuales no cuentan...pervertido!! jajja

Un abrazo hermano!